El agua


El agua es el elemento imprescindible para vivir. Estamos hechos en un 75% de agua al nacer y un 60% de agua cuando somos adultos. Estar sin beber mas de unos pocos días significa la muerte. El ser humano necesita el agua. Nos gusta el agua.

El verano es la estación del agua por excelencia. Bebemos más a menudo que en el resto del año. Nos bañamos con más frecuencia. Cuando nos bañamos, nos gusta más. Nos vamos a la playa. Hacemos cruceros y viajes. Al volar, vemos el mar desde lo alto. Al navegar, vemos el mar de cerca. El mundo está recubierto de agua en un 70%. El terreno seco es la excepción, no la norma.

A veces, ese agua tan maravillosa y que nos gusta tanto, se rebela y se vuelve peligrosa y molesta. En los barcos, un temporal es bastante incómodo en un crucero grande, y bastante jodido en un barco pequeño. En las playas, si se presenta fuerte oleaje, se puede convertir un lugar apacible en un lugar desagradable. Las olas crecen y te voltean con facilidad. La resaca te puede arrastrar lejos del lugar donde entraste y poner en peligro tu vida.

El mar maravilloso se vuelve un ogro amenazador.

Los destrozos por agua son a veces considerables. Los ejemplos son innumerables. El más reciente, el tsunami de Japón, que siguió al terremoto. Ese terremoto apenas causó daños, pero la ola que produjo se llevó consigo decenas de miles de vidas. Una central nuclear quedó dañada poniendo en jaque durante meses al país nipón. Estará durante décadas condenada la zona por la radiactividad desprendida.

En españa, todos recordamos la tragedia del camping de Biescas, arrasado por una riada en el año 1996. Por otro lado las riadas son frecuentes en nuestro país. Todos los años hay alguna en una zona construida cerca del cauce de un río, que en el mejor de los casos causa grandes destrozos, y en el peor, muchas víctimas.

Y vosotros, ¿nunca habéis tenido una inundación en vuestra casa? ¿nunca se os ha roto una cañería?.

Yo he tenido varias.

La última, el domingo pasado.

La reconstrucción de los hechos parece indicar que en algún momento en la mañana del domingo, el calentador de agua de la primera planta reventó. Primero inundó debidamente todo lo que había en el vestidor, ropa, zapatos y muebles. Luego salió al pasillo, y navegando por las tablas del parquet, acudió a las habitaciones. Llegó a la escalera y la desbordó, cual cataratas, bajando escalón a escalón hasta la planta baja. Paredes, techos y muebles. Todo le parecía poco a la ola destructora. En algun momento empapó uno de los varios ladrones que están por el suelo, produciendo una derivación eléctrica y a renglón seguido el corte de la luz.

La alarma que tengo en casa, al sentir el corte de luz (todavía no tiene sensores de inundación), intentó avisarme, llamándome al teléfono. Pero en esos momentos me encontraba en una cala perdida, disfrutando de unas maravillosas vistas submarinas, y completamente sin cobertura. Hasta varias horas después no tuve la sospecha de que algo andaba mal. Intenté conectarme con mis sensores remotos desde mi móvil 3G sin conseguirlo. Finalmente llamamos a un familiar que fué a la casa, confirmando primero que no había luz eléctrica y luego que el salón se había convertido en algo parecido a las cataratas del Niágara.

Viaje de urgencia a casa, fregonas a las cinco de la mañana, todo a oscuras, claro, hasta que poco a poco se fué haciendo la luz y acotando los daños, que de lo que nos temíamos finalmente no fueron tantos. Hasta los peces, de manera milagrosa e inexplicable, se salvaron, pese a estar más de doce horas sin la bomba de oxigenación.

No podemos vivir sin el agua, pero ese amor forzoso tiene a veces su lado oscuro.

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