El juicio de Dios

El Tribunal eclesiástico de la Inquisición o Santo Oficio tuvo su origen en el decreto que el Papa Lucio III dictó en el año 1184 que Verona, ordenando a los obispos que eligiesen personas honorables que, bajo juramento, se comprometiesen a hacer conocer los nombres de los herejes.

La herejía era objeto propio de la competencia de la inquisición; pero, por extensión, este tribunal abarcó igualmente los crímenes de apostasía, hechicería y magia. Sus fallos eran inapelables, y todas las autoridades debían prestarle apoyo en toda ocasión, so pena de cometer ellas mismas un crimen tan grave como el de la herejía.

Los principios y misión del Tribunal del Santo Oficio eran sancionar a los hombres por sus creencias contrarias a la única religión verdadera; además la Inquisición velaba porque nadie se apartara de los cánones establecidos.

El Tribunal del Santo Oficio exigía que el padre denunciara al hijo y al hijo que denunciara al padre, y el hermano al hermano, destruyendo en su base la idea de moral y el sentido natural de familia.

Las investigaciones eran conducidas en medio del más impenetrable secreto, juzgando sin oír al acusado y condenando según criterio unilateral, esto es, opuesto al concepto de justicia.

Fuente: El rincón del vago

La ordalía o Juicio de Dios era una institución jurídica que se practicó hasta finales de la Edad Media en Europa. Debe entenderse como una de las pocas herramientas a disposición de los fiscales, siendo la otra más utilizada, la tortura judicial.

Su origen se remonta a costumbres visigodas, y mediante ella se dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa (libros, obras de arte, etc.) acusada de pecar o de quebrantar las normas jurídicas.

Consistía en pruebas que en su mayoría estaban relacionadas con el fuego, tales como sujetar hierros candentes o introducir las manos en una hoguera. En ocasiones también se obligaba a los acusados a permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno.

Fuente: Wikipedia

Estamos hablando de hechos que sucedieron en la Europa medieval, entre los siglos XII y XIX. Una cosa del pasado, afortunadamente abolida ya hoy en día.

¿O quizás no?

Os contaré una historia real, sucedida hace poco en Madrid.

Un hombre vive con su esposa y sus hijos en su casa. Un día, ella abandona la casa. El hombre se queda en la casa con los hijos. Cuatro días más tarde, recibe una llamada del juzgado: han presentado una denuncia de malos tratos contra él.

Tres años más tarde, se celebra el juicio contra el hombre. La madre dice cosas terribles contra el padre. El hombre lo niega todo. La fiscal solicita la declaración de los hijos contra el padre, pero estos se niegan a declarar.

Sin embargo, la esposa ha acudido a un Centro de Asistencia para mujeres maltratadas. La psicóloga que la atendió es llamada a declarar.

La psicóloga no tiene ninguna duda: es una mujer que lleva sufriendo maltrato habitual desde hace al menos diez años. ¿Cómo lo sabe? Porque su relato es totalmente creíble. Bueno, los primeros años ella no pensaba que era una mujer maltratada. Pero tras presentar la denuncia, y tras tres años de tratamiento psicológico, cuyo objetivo (según declara la psicóloga) es que "tome conciencia del maltrato recibido", por fin se ha convencido del monstruo con el que vivía y que podría haberla matado en cualquier momento.

La psicóloga nunca ha intentado hablar con el hombre, el marido, el acusado: lo tiene expresamente prohibido. Nunca ha presentado una denuncia contra el marido, aunque no le importe afirmar categóricamente que conocía la situación de maltrato desde hace muchos años. Ni siquiera ha intentado que el acusado sepa de alguna forma que su mujer está siendo tratada psicológicamente por los malos tratos que el la está causando.

La psicóloga nunca ha intentado verificar de forma alguna si lo que dice la mujer es cierto, salvo por los test psicológicos que le ha aplicado. Los test psicológicos a los que ha sido sometida la mujer, no tienen indicadores de sinceridad, a pesar de que la mujer "maltratada" es psicóloga también, y podría conocer cómo hay que rellenar estos test para que den el resultado deseado.

Pero es que no es necesario. La psicóloga explica que tiene un sistema infalible para saber que la mujer no miente: El sistema del "doble filtro".

Consiste en lo siguiente: Cuando una mujer acude al SAVD pasa un primer filtro. Si después llega a nosotros y se la somete a tratamiento, pasa un segundo filtro. De este modo, las mujeres que pasan los dos filtros, son con toda seguridad mujeres maltratadas.

La fiscal, al oír esto, ya no tiene ninguna duda: aunque no existen informes médicos de ningún tipo de daños que puedan estar relacionados con alguna agresión, aunque el propio médico forense del juzgado declara que no hay ningún tipo de lesiones, el doble filtro es infalible, y por ello es un caso claro de maltrato, por lo tanto el acusado es culpable: solicita seis años de prisión para él.

Hasta aquí la historia. Espero vuestros comentarios.

El tiempo que nos quede por vivir

Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo así como: “Si vives cada día como si fuera el último, algún día tendrás razón”. Me marcó, y desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana me he mirado en el espejo y me he preguntado: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?” Y si la respuesta era “No” durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo.

Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida.

Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante.

Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón.


Estas palabras las pronunciaba Steve Jobs, el creador de Apple, hace ya algunos años, en el discurso de graduación de la Universidad de Stanford. Él, que no llegó a terminar ninguna carrera, era sin embargo la estrella invitada.

Puede parecer que es muy fácil decir estas palabras cuando has tenido éxito. Sin embargo, recuerdo otra frase que leí en el blog de Francisco Alcaide:
Los ganadores buscan soluciones. Los perdedores buscan excusas.
No se trata sólo de ver la botella medio llena o medio vacía. Se trata de qué voy a hacer a partir de ahora. Porque mi pasado no lo puedo cambiar. Si he tenido una desgracia, si las cosas no han salido como pensaba, si he sido víctima de una injusticia: un perdedor se pasará el día lamentándose.

Tiempo de vida perdido.

A lo mejor, la diferencia entre el ganador y el perdedor no es lo que les pasa en la vida, sino lo que son capaces de hacer (o dejar de hacer) cuando les ha pasado.

Recuerdo ahora otra reflexión (hoy va de citas la cosa) sobre los viajes:
Un viaje se disfruta tres veces: cuando se prepara, cuando se viaja y cuando se recuerda.
Y yo digo: un viaje se disfruta tres veces: cuando se prepara, cuando se viaja, y cuando se descansa para poder preparar el próximo viaje. En la vida no puedes parar: si paras, estás muerto.

Como decía hace poco el doctor Krapp:
Hacia atrás, sólo para tomar impulso.
El martes próximo tengo una cita importante en mi vida.

Deseadme suerte.

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