El camellero (ii)


Los animales estaban extenuados y los hombres cada vez más silenciosos. El silencio era más terrible en el transcurso de la noche, cuando un simple relincho de camello -que antes no pasaba de ser un relincho de camello- ahora asustaba a todos porque podía ser una señal de invasión.

El camellero, no obstante, no parecía estar muy impresionado con la amenaza de guerra.

-Estoy vivo -dijo al muchacho, mientras comía un plato de dátiles en la noche sin fogatas y sin luna-. Mientras estoy comiendo, no hago nada que no sea comer. Si estuviese caminando, sólo caminaría. Si tengo que luchar, será un día tan bueno para morir como cualquier otro.

Porque no vivo ni en el pasado, ni en el futuro. Tengo sólo el presente y sólo él me interesa. Si puedes permanecer siempre en el presente, entonces serás un hombre feliz. Percibirás que en el desierto existe vida, que el cielo tiene estrellas, y que los guerreros luchan, porque eso forma parte de la raza humana. La vida será una fiesta, un gran festival, porque consiste únicamente en el momento que estamos viviendo.

Paulo Coelho
El Alquimista

El camellero

El muchacho acabó trabando amistad con el camellero que viajaba siempre a su lado. De noche, cuando hacían alto alrededor de las fogatas, solía contar al camellero sus aventuras como pastor.

En una de sus conversaciones, el camellero empezó a hablar de su vida.

Yo vivia en un lugar cerca de El Cairo -contaba-. Tenía un huerto, unos hijos, y una vida que no cambiaría hasta el día de mi muerte. Un año en que la cosecha fué mejor, emprendimos todos el viaje a La Meca, y yo cumplí la única obligación que me faltaba en la vida. Podía morir en paz y estaba contento.

Cierto día la tierra empezó a temblar y el Nilo subió más allá de sus límites. Aquello que yo pensaba que sólo sucedía a los otros terminó sucediéndome a mí. Mis vecinos tuvieron miedo de perder sus olivares con la inundación, mi mujer temió que nuestros hijos fuesen arrastrados por las aguas. Y yo sentí pavor de ver destruido todo lo que había conquistado.

Pero no hubo nada que hacer. La tierra quedó inútil, y tuve que buscar otro medio de vida. Hoy soy camellero. Pero entonces comprendí la palabra de Alá: nadie debe sentir miedo de lo desconocido, porque cualquier persona es capaz de conquistar todo lo que quiere y necesita.

Sólo sentimos miedo de perder aquello que tenemos, ya sea nuestras vidas o nuestros cultivos. Pero ese miedo desaparece cuando comprendemos que nuestra historia y la historia del mundo fueron escritas por la misma Mano.
El Alquimista
Paulo Coelho



¿Recuerdas?


¿Recuerdas cómo, aquella tarde, por fin nos decidimos, y buscamos el vuelo y el hotel que nos llevaría allende los mares, los dos solos, y a la vez acompañados el uno del otro?

¿Recuerdas cómo nos quisieron engañar, una y otra vez, con el alquiler del coche?. ¿Recuerdas las negativas, los sí pero no, los no -de ningún modo-, día tras día, hasta por fin conseguirlo, cuando ya lo dábamos por perdido?.

¿Recuerdas el viaje -la mujer aquella que ocupó nuestros asientos "me viene mejor para cuidar al niño"- y cómo luego viajamos juntos, abrazados, más anchos que largos, junto a la salida de emergencia, sobre el ala, sobre las nubes y el mar?.

¿Recuerdas que, en nuestro flamante cochecito -dorado pero azul- alquilado, aquel guardia nos echó a la derecha, simplemente porque allí es como se hace, se va por la derecha siempre, aunque haya tres carriles, no como aquí, que vamos por el centro?.

¿Recuerdas la llegada al hotel?. Nos abrazamos, nos besamos y nos desnudamos con urgencia, mientras nuestra piel quemaba como fuego. ¿Recuerdas como aquel vecino se asomó por la terraza, a ver qué hacíamos, quizás intrigado por nuestros gemidos?.

¿Recuerdas que aquella noche, después de tomar las uvas dos veces, bailábamos todo, sin importar lo que fuese -camisa empapada por delante y por detrás-?. ¿Recuerdas que nos propusieron un cambio de parejas -cosa que hicimos- ;-)?

¿Recuerdas las dunas, pobladas de madrugadores, parejas de uno y otro sexo, y turistas despistados -y hombres solos a la busca y caza-?

¿Recuerdas la caravana de camellos, los camelleros y sus camellos tan calmados y amables?

¿Recuerdas las montañas y el mar, la arena solitaria al atardecer, el mirador, el mosqueo del tío del quiosco cuando no quise aceptar su regalo -un dulce típico, seguramente, de la isla-?.

¿Recuerdas que nos adelantó en las curvas una zondronga, que su acompañante nos hizo "el símbolo del dedo subido" -debe ser costumbre en las islas, tras adelantar- y luego fuimos tras ella, curva tras curva hasta contar cientos, pareciendo miles, hasta el pueblo allende las montañas junto al Dedo de Dios -otro símblo fálico isleño- en el mar?.

¿Recuerdas el sorprendente y cuidado sitio de la "Cueva Pintada" donde dimos en la puerta casi por casualidad, y encima que nos tocaron las dos últimas entradas gratis que quedaban en el día que era casualmente gratis?.

¿Recuerdas las partidas de bolos, de billar, de minigolf, y el descubrimiento del Hard Rock tras la decepción de "la zona de marcha"?

¿Recuerdas las tiendas de perfumes? ¿El restaurante "mejicano"? ¿El timo del vendedor de cámaras fotográficas -"son 40, bueno 70, no, finalmente te lo dejo en 170"!!!-?

¿Recuerdas el beso en la plaza del ayuntamiento?. ¿Los otros besos, en las playas, en las montañas, por el día, por la noche...?. ¿Los abrazos?. ¿Las sonrisas?. ¿Los guiños?. ¿Los despertares?.

¿Recuerdas?

Contra Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
-seguro de gustar- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Jaime Gil de Biedma

Poemas póstumos (1968)



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