Tonterías

Se han cruzado las ideas, las entradas, los comentarios, las posturas ante la vida, la nueva moral y la no menos novedosa terminología, mi interés por saber en qué momento escuché por primera vez poesía. Todo se ha cruzado.
Leí que la poesía debía ser “sencilla, sensual y apasionada”, pero la primera vez que la escuché era un arma arrojadiza, era León Felipe. Y no olvidé las palabras.
¿Cómo eran? No eran sencillas, ni sensuales, pero sí apasionadas.
¿Qué decían? Hablaban de “compromiso”, el que nunca he dejado.
Permitiéndome alguna licencia que él me perdonaría, más o menos esto es lo que escuché:

Y he aquí que de repente puedo decir otra vez quién soy. Este Niño de Vallecas soy yo. Y tú también. Y todas las mujeres y hombres de este mundo. Los que se quedaron en casa y los que salieron de aventura. Y para que no lo olvide nadie ni se escape ninguno, ni se duerma ninguno detrás de la puerta, le puse hace tiempo este pie:

PIE PARA EL NIÑO DE VALLECAS DE VELÁZQUEZ

Bacia, yelmo, halo
éste es el orden, Sancho

De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota
del niño de Vallecas exista,
de aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto,
antes hay que resolver este enigma.
Y hay que resolverlo entre todos,
y hay que resolverlo sin cobardías,
sin huir
con unas alas de percalina
o haciendo un agujero
en la tarima.
De aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico, ni el suicida.

Y es inútil,
inútil toda huida,
(ni por abajo
ni por arriba).
Se vuelve siempre, siempre.
Hasta que un día (¡un buen día!)
El yelmo de Mambrino
-Halo ya, no yelmo ni bacía-
se acomode a las sienes de Sancho
y a las tuyas y a las mías
como pintiparado,
como hecho a la medida.
Entonces nos iremos Todos
por las bambalinas:
Tú y yo y Sancho y el niño de Vallecas
Y el místico y el suicida.

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