Tonterías II

Me ha costado bastante trabajo encontrar la poesía, la había perdido, la poesía sobre la montura de Don Río.
El Caballero Negro tiene su corcel, también negro, pero qué tiene nuestro D.Río, pues… una bicicleta.
Me contaba, en una ocasión, D. Río, los recorridos que hacía con su corcel, perdón, digo bicicleta, las calles por las que pasaba. Muchos días, casi todos los días.
Estoy convencido que él hubiera escrito esta poesía, pero se la robó descaradamente Don Rafael Alberti. Se adelantó. ¡Qué descaro!. Don Rafael no es santo de mi devoción, pero en ocasiones, en contadas ocasiones, me dice por dónde tengo que ir. A D.Río, su bicicleta también le dice por dónde tiene que ir y pocas veces se equivoca. No penséis que esto es un recurso poético, la bici de D. Río habla con él, le aconseja, le escucha, incluso está pensando abrir un blog.
Por mi parte dejo mis “tonterías” para escuchar o leer, nuevamente, a Don Rafel o Don Río que en este caso, es lo mismo.

A los cincuenta años, hoy, tengo una bicicleta.
Muchos tienen un yate
y muchos más un automóvil
y hay muchos que también tienen ya un avión.
Pero yo,
a mis cincuentas años justos, tengo sólo una bicicleta.

He escrito y publicado innumerables versos.
Casi todos hablan del mar
y también de los bosques, los ángeles y las llanuras.
He cantado las guerras justificadas,
la paz y las revoluciones.
Ahora soy nada más que un desterrado.
Y a miles de kilómetros de mi hermoso país,
con una pipa curva entre los labios,
un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río,
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas.

2
Es morada mi bicicleta
y alegre y plateada como cualquiera otra.
Mas cuando gira el sol en sus ruedas veloces,
de cada uno de sus radios llueven chispas
y entonces es como un antílope,
como un macho cabrío, largo de llamas blancas,
o un novillo de fuego que embistiera los azules del día.

3
¿Qué nombre le pondría, hoy, en esta mañana,
después que me ha traído,
que me ha dejado sin decírmelo apenas
al pie de estas orillas de bambúes y sauces
y la miro dormida, abrazada de yerbas dulcemente,
sobre un tronco caído?

Carlanco de los bosques.
Estrella voladora de las hadas.
Telaraña encendida de los silfos.
Rosa doble del viento.
Margarita bicorne de los prados.
Cabra feliz de las pendientes.
Eral de las cañadas.
Niña escapada de la aurora.
Luna perdida.
Gabriel arcángel.
La llamaré con este frágil nombre.
Porque son sus dos alas blancas las que llevan,
anunciándome al aire de todos los caminos.

4
Yo sé que tiene alas.
Que por las noches sueña
en alta voz la brisa
de plata de sus ruedas.

Yo sé que tiene alas.
que canta cuando vuela
dormida, abriendo al sueño
una celeste senda.

Yo sé que tiene alas.
Que volando me lleva
por prados que no acaban
y mares que no empiezan.

Yo sé que tiene alas.
Que el día que ella quiera,
los cielos de la ida
ya nunca tendrán vuelta.

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