Tierra

A lo largo de doce mil kilómetros de océano abierto, la galerna de otoño tenía tiempo de sobra para acelerar, acumular energía e impulso. Lo mismo hacían las olas y mareas. En tan vasta extensión, cada una se acostumbraba a su majestad. Por tanto, cuando encontraban la firme resistencia de la isla, protestaban con puños de espuma que escalaban los empinados picos, luego se agarraban y se agitaban, llenas de furia.

Alex se encontraba junto a la ventana de su cabaña, escuchando la tormenta. Incluso desde allí notaba cada estallido en las yemas de los dedos. Cada rompiente hacía que las hojas de cristal vibraran. Ráfagas de lluvia asaltaban el tejado con furia súbita, sacudiéndolo como si fuera un tambor de guerra justo antes de retirarse velozmente, impulsadas por el viento para empapar algún otro lugar.

Más allá de los acantilados, sobre el mar, las nubes negras avanzaban desfilando, separándose de vez en cuando para permitir que la luna extendiera un breve resplandor perlado sobre las turbias aguas.

Un color solitario, pensó. No me extraña que la luz de la luna sea para los amantes. Te hace querer abrazarte a algo.


Tierra
David Brin

1 comentario:

S.M. dijo...

Un color solitario, pensó. No me extraña que la luz de la luna sea para los amantes. Te hace querer abrazarte a algo.

Se podría decir más largo, más ampuloso, más... ¿qué más se podría decir?

Gracias por compartir palabras que nos ayudan a comprender qué carajo nos ocurre.

Besos desde el fin del mundo

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